El Instituto Nacional de Meteorología lo dejaba bien claro: 90% de posibilidades de que lloviera. ¡Hostia puta!, pensé, para una vez que voy a Valencia nos va a caer la de Dios es Cristo. Aterrizamos en el aeropuerto de Manises y un cielo negro como panza de burro nos avisaba que más temprano que tarde las previsiones se cumplirían. Tuvimos suerte, llegamos a nuestro destino y todavía no había descargado. Bueno, por lo menos nos cogerá a cubierto, me dije. El destino en cuestión era Benisano, un pueblo-aldea de menos de dos mil habitantes al que cambié de nombre más de diez veces, Besinani, Bisonano, Basibona, etc. Me alojé en el hotel Rioja, creo que el único de la localidad, un aseado hostal cuya austeridad hubiera hecho las delicias de San Juan de la Cruz o San Francisco de Asís. La brevedad del pueblo le daba otra dimensión a la palabra paseo; si no querías salirte de las lindes tenías que caminar en zigzag y dar varias vueltas a la casa-palacio de la Fundi, hermana de la moza casadera. Todavía no lo he dicho, íbamos a una boda, se casaban Aníbal y Amparo. La primera noche cenábamos en la susodicha casa de la susodicha hermana y como siempre pasa cuando mejor se está, ¡coño! me he quedado sin tabaco. Y yo también, y yo, se repitió como una letanía varias veces. Debía ser porque era el único single de la reunión, o porque había colaborado poco o porque me vieron caras de gilipollas, o por lo que fuera, pero todos miraron hacia mí y me tocó. Me pido voluntario, respondí haciendo de tripas corazón. Así que abrí la puerta, y entonces me acordé de todos los muertos del Instituto Nacional de Meteorología. Será el único que cumple sus promesas el jodío, bufé mientras miraba como varias mantas de agua esperaban impacientes y regocijadas a que entregara mi delicado cuerpo en sus garras. ¿Alguien tiene un paraguas? pregunté como un perrillo abandonado. Un chubasquero, dijo Nolín, y me alcanzó una prenda fabricada con papel de fumar. Menos mal que el Rioja está cerca, me consolé justo antes de salir en estampida. No vendemos tabaco, me dijo con la mejor de sus intenciones la camarera del bar del hotel. No sabía qué hacer, si llorar o liarme a hostias con la buena señora. Comprobé que los brazos de la mesonera eran de un calibre superior a los míos y abandoné la segunda opción. Y también la primera, total empapado como voy nadie se va a dar cuenta de que estoy llorando, y llevarme un disgusto pa ná, pues que no. ¿Y dónde puedo encontrar tabaco, señora mía? Aquí al lado, la primera a la izquierda y siga recto por el arco, al final hay un paf. Dicen que los andaluces somos exagerados pero cuando decimos aquí al lado, es cerquita. La tormenta había averiado las farolas callejeras y heme allí en una angosta calle con el agua corriendo en torrente por encima de mis zapatillas y con menos luces que un carrito de Mercadona. Allí debe ser, comenté cuando en medio de la calle vi una luz. Aceleré, aún más, y sin pensarlo entré en el zaguán de una casa en el momento en que un matrimonio mayor abría el portón. Si Benisano llega a ser Wiscosin allí que se lían a tiros conmigo, y con razón, pero antes de que a la señora le diera un síncope y al marido se le cayera la dentadura postiza levanté el dedo cual colegial y pregunté, ¿hay por aquí un paf? El marido levantó el dedo cual E.T. y señaló calle abajo. Al final de la calle, en la esquina, balbuceó el buen hombre. Giré mis tobillos como Michael Jackson en sus buenos años y pallá que me fui. Mi entrada en el Edén no fue muy esperanzadora. Las paredes verde pistacho, los taburetes en forma de corazón o fresa, o ambos a la vez, y al final del bar tres clientes que interrumpieron su charla, me miraron de arriba abajo, como diciendo pobre hombre vaya mojada, y siguieron charlando. Miré hacia la barra pero nada, no había nadie. ¿Dónde estará el cabrón del camarero? pensé, y de pronto, desde detrás de una máquina de hacer helados que tenía un letrero de no funciona apareció ella con su peinado kale borroka y un cigarrillo en los labios. ¿Me das cambio para tabaco, por favor? le pregunté mientras extendía un billete-pingajo encima de la barra. Lo confieso, cuando fue a la registradora le miré el culo por primera vez. Importe exacto, decía el luminoso de la máquina cuando eché las monedas. ¡Importe tus muertos! le respondí pero la máquina cabrona como si nada. Volví a la barra y cual mendigo abrí mi mano con unas monedas y le supliqué: ¿me cambias? Lo confieso, cuando volvió a la registradora le miré el culo por segunda vez. Con el valioso cargamento en los bolsillos del chubasquero me acerqué a la barra para despedirme con la esperanza de que estuviera de espaldas para mirarle el culo por tercera vez, pero esta vez no hubo suerte, estaba de frente apoyada en la barra. Taluego, chas gracias, le dije y me sonrió. Hasta luego, dijo dulcemente. Ea, po vamos pallá, vivan los valientes y maricón el último, me dije en el momento de salir corriendo hacia la casa-palacio de la Fundi. Subí río arriba la calle oscura a toda leche y empecé a pensar que Benisano hubiera sido un buen sitio para rodar la segunda parte de Viernes Trece, y en esos momentos una silueta al fondo se acercaba hacia mí. No sé quién estaba más acojonado si él o yo, éramos Fredy Kruguer y uno de los hermanos Calatrava frente a frente. Al cruzarnos nos dijimos Nasnochesssss, vigilando que ninguno sacara la motosierra. Después de la fiesta en villa Fundi, bien mamaos como Dios manda, propuse ir al paf del tabaco (todavía no sabía como se llamaba, con lo que llovía no me iba a poner delante del letrero). Se llama Edén, aclaró Amparo, la moza casadera. Otia, en este pueblo, en un paf llamado Edén con las paredes verde-pistacho algo tiene que pasar, no jodas. Así que redoblé mi apuesta: todos al Edén echando leches pero ya! Había parado de llover, el río desapareció de la calle y volvió la luz a las farolas. ¡Qué exagerado eres! Me dijo Grogue, si apenas ha llovido. ¿Tu familia bien, verdad? le respondí.
Con la comitiva en el Edén confieso que aproveché para mirarle el culo a la camarera como 200 veces más. Pero con cariño, no penséis mal, con delicadeza pictórica. Me armé de valor y me fui para la barra con la intención de dejarla impresionado de mi… de mi… bueno de mí en general. Aupado en la ingesta etílica y con la pose más bogartiana que encontré la miré y le dije: llueve mucho por aquí, ¿no? A veces, respondió con su mejor sonrisa. Y allí me quedé hasta que muy amorosamente nos dijo que la hora de cierre había llegado. Mañana será otro día, pensé mientras le regalaba mi mejor sonrisa alcohólica. Y volví. Yo sólo, como los valientes. Esa noche teníamos cena masiva en el Rioja y hasta las 10 tenía dos opciones, o ver la boda de Borja Thissen en la tele o calzarme el traje de chico triste y solitario y enrocarme en la barra del Edén hasta que ella se apiadara de mí, o que dieran las 10 menos cuarto y largarme a la cena. Ea, pos vamos pallá. Agarré más pinturero que Manolete por la calle del arco y justo antes de entrar encendí un cigarrillo para dar más empaque a mi presencia. Menos mal que antes de atravesar las puertas del Edén me di cuenta que lo había encendido al revés y no hice el ridículo. Ni John Wayne podría igualar aquella entrada, con las piernas arqueadas, las manos en el bolsillo de mi cazadora tipo jamesdean y escudriñando la barra como un cazador en el Serengueti. De un brinco me subí a un banco (casi me clavo el rabo del asiento-fresa en la entrepierna) y allí esperé a que ella apareciera detrás de la máquina de helados que tenía un letrero de no funciona. Y apareció con su eterna sonrisa. Hola, me dijo. Hlaaaaaa, qué tallllllllllll, respondí derramando más baba que un niño de pecho. Una cerveza, por favor. ¿Calsberg, Coronita, Heineken.?.. y recitó aquello con la misma emoción que Matías Prats padre recitaba la alineación de la selección española. Ineken, por favorrrrrr. A esas horas, las ocho de la tarde, la muchachada local se preparaba para la noche y el bar lo compartíamos ella, una pareja con una niña y yo. Ahora tiene que elegir, me dije, o habla con ellos o conmigo. Así que cuando dijo aquello de ¿cómo te llamas, encanto? pensé que el mundo se abría a mis pies. Lo malo es que el encanto en cuestión era la niña de la pareja, y entonces decidí volver al hotel, la boda de Borja Thissen lo mismo está interesante, vamos a darle una oportunidad. Y en esto me encontraba cuando escuché: ¿Tú eres de la boda? Volví a la tierra, miré a la barra y sí, me hablaba a mí. De la boda, de la boda, sí, sí, de la boda, por supuesto, de la boda. ¿De dónde vienes? Sevilla. Ahora o nunca, me dije, habla de lo que sea pero que no se vaya nunca. Y comencé a hablarle de Sevilla, de la ciudad, las gentes, y allí seguía, escuchándome. De vez en cuando atendía a algún cliente que entraba (y que me tocaba las pelotas, que coño haría allí, en su casa estaría mejor) pero luego volvía y seguíamos hablando. Y cuando miré el reloj ya eran las nueve y media y tenía que irme a la cena. No me has dicho tu nombre, le dije antes de largarme. Ana, ¿y tú? Carlos. Después de la cena vuelvo a tomar una copa. Ah vale, dijo. Y mientras volvía a subir la calle del arco por enésima vez, me prometí que volvería a por esa copa aunque fuera lo último que hiciese en la vida. Concluida la comilona alguien propuso tomar una copa en el bar del hotel, para qué vamos a salir, y si llueve. Menudo gilipollas el tipo éste, grité para dentro. Antes de que el tipo siguiera contraataqué alegando que allí no había música, que la decoración era horrible y que la señora de los brazos morcillones de detrás de la barra tendría que acostarse la pobre. Podemos ir al Edén, total está aquí al lado, propuse como si tal cosa. Si, buena idea, picaron unos cuantos. Antes de que el gilipollas pudiera contrarrestar mi propuesta abrí la puerta del Rioja y saqué a la gente con cariñosos empujoncitos. Te he ganado cabrón, susurré al ver al gilipollas pasar por debajo del arco. Y volví a entrar en el Edén y allí reinaba ella. He regresado, le dije, ya te veo, me sonrió. Y después la marabunta, decenas de bocas sedientas nos alejaron. Me encastillé cerca de la barra para ver como desplegaba las alas y volaba sutilmente de un lado a otro mientras aquella masa vociferaba por sus copas. De vez en cuando me miraba y yo me hacía el despistado, y de vez en cuando me pillaba, y sonreía. Varias horas más tarde y varios miles de litros de alcohol menos, el grupo se redujo a los intumbables, esa élite que aguanta hasta más allá del final en todos los bares del mundo, y éstos en cuestión eran de máximo nivel. Al tercer chupito miré la hora, las seis y media, y vi que aquello se alargaría hasta la hora de la boda, exactamente 12 horas después, y entendí que aquellos seguidores de Ernesto de Hannover no se irían nunca, y que jamás me dejarían a solas con la chica de la barra. Más triste que Pinki-winki en Polonia decidí plegar velas y abandonar el paraíso. Era demasiado bonito, como en las pelis, pensé cuando estaba agarrando el tirador de la puerta, y entonces ocurrió, a mi espalda escuché la más dulce voz que haya oído jamás diciendo: no te vayas, quédate. Miré a mi alrededor por si el destinatario era otro, pero no, allí no había nadie, sólo ella y yo.
Estuvimos juntos casi tres días. Desde que regresé a Sevilla consulto a todas horas la web del Instituto Nacional de Meteorología, y cuando aparecen nubes por el levante un latigazo de felicidad me sacude el espinazo. Algún día volveré, sólo espero que, como en aquella canción de Sabina, el Edén siga estando en su sitio y en su lugar no hayan construido una sucursal del Banco Hispano Americano.